Flash Democracia Por Sorteo

Democracia Representativa

La democracia representativa puede definirse de modo escueto y preciso como "una forma de democracia en la que el pueblo, como titular del poder político, designa representantes que ejercen la soberanía en su nombre". El pueblo es depositario del poder político, y de él procede el derecho a ejercer la suprema autoridad pública, pero con este sistema de democracia nosotros, el pueblo, "decidimos" delegar nuestra soberanía en representantes para que la ejerzan en nuestro nombre. Sin embargo, estos representantes, a los que llamamos políticos, se han enseñoreado de la soberanía, sobre la que actúan como si fueran propietarios con derecho exclusivo. Nos hemos acostumbrado tanto a que la palabra político designe únicamente a nuestros gobernantes que no siempre recordamos que ese poder político no es de los gobernantes, sino que es nuestro, de todos nosotros.

Las graves dificultades que aquejan a nuestro sistema democrático se corean en las calles ("lo llaman democracia y no lo es" y "que no, que no, que no nos representan"), apuntando al corazón de la propia denominación —democracia representativa—, que se niega sin complejos. Ciertamente, no es democracia porque el poder no está en manos del pueblo y no es representativa porque los intereses de los grupos de presión, sobre todo los económicos, se anteponen a los intereses de los gobernados. Denominar a nuestro sistema político oligarquía electa resultaría, así pues, más apropiado.

La ciudadanía interpreta mayoritariamente que esta democracia debe mejorar. Jamás en los tiempos recientes se ha hablado tanto de transformarla. Se oye más que nunca comentar la necesidad de incrementar la participación ciudadana, o de imponer referendos en las decisiones de calado, o de reformar la ley electoral, ya sea para introducir listas abiertas o para que los votos no primen el bipartidismo. Cuando se diseñó nuestra Constitución, la sociedad se ilusionó con las expectativas, pero, pasados los años, el descontento con la clase política es casi generalizado y los ciudadanos nos malhumoramos, por unos u otros motivos, al contemplar que la lista de problemas que generan o no resuelven nuestros representantes es larga y preocupante. A continuación, repasaremos algunos conflictos de nuestra democracia ilustrándolos con un ejemplo.

Es irritante observar que la mayoría de las disfunciones democráticas cuentan con el amparo del vacío legal y por tanto no acarrean responsabilidades judiciales y, muchas veces, tampoco electorales. Cuentan con el beneplácito de la Ley los privilegios de los políticos, autoadjudicados con leyes que ellos mismos redactan y aprueban, convirtiéndose en los únicos servidores públicos que deciden sobre sus sueldos, horarios, pensiones, obligaciones para con la justicia..., y es común la práctica de ser generosos consigo mismos, a menudo de modo escandaloso. También es legal la mala administración, el despilfarro y el boato, que vacían las arcas públicas sin contrapartidas, como es el caso del mantenimiento durante todos estos años de un Senado tan inútil como caro. Los políticos pactan con dificultad en los asuntos menores y en los de interés general, pero ni siquiera se penaliza el desacuerdo cuando están obligados legalmente al entendimiento, como es el caso de las sustituciones "interesadas" de jueces del Tribunal Constitucional (prueba fehaciente de la deficiencia en la separación de poderes). Tampoco delinquen los tránsfugas, que pueden alterar drásticamente el sentido del voto ciudadano, como aconteció, por ejemplo, con el Tamayazo. No se castigan las decisiones políticas personalistas tomadas en contra de la mayoría de la opinión pública, como sucedió con la guerra de Irak. No es delito incumplir los programas electorales, ni por omisión de promesas ni por el impulso de acciones legislativas no contempladas en ellos, lo que abona el campo para promesas populistas sin estudios de viabilidad que argumenten sus posibilidades. No tiene castigo la influencia de los poderes económicos en la legislación, lo cual impide, por ejemplo, la dación en pago de la vivienda para saldar la totalidad de la deuda hipotecaria.

Acabamos de reseñar varios problemas graves de nuestra democracia sin castigo en los Códigos Penal y Civil. La inexistencia de instituciones ciudadanas independientes que regulen los derechos y las obligaciones de la actividad laboral de los políticos parece la probable causa de estos déficits democráticos. La autoindulgencia que los políticos practican con el BOE en la mano debe reprochárseles como merece, exigiéndoles que renuncien a la autorregulación legal y se sometan a un control ciudadano externo. Solo como un ejemplo, sugerimos que podrían sancionarse los incumplimientos de las promesas electorales cuando los motivos no se pudieran argumentar sólidamente.

La corrupción sí tiene castigo legal. Existen leyes y fiscales anticorrupción, pero el conjunto de las medidas adoptadas se manifiesta insuficiente y no ha conseguido evitar que las corruptelas arraiguen en la clase política de forma inquietante. Las consecuencias más notables de la corrupción son un deleznable ejemplo moral, el expolio de las arcas públicas y el deterioro de la democracia. Todos suponemos que los casos de corrupción que llegan a los tribunales son la punta de un iceberg que oculta bajo las aguas el grueso del problema. Además, nuestros políticos, sabiéndose afectados por esta "dolencia", contemporizan con ella hasta llegar al punto de presentar como candidatos un centenar de imputados por corrupción en las ultimas elecciones de mayo del 2011, esgrimiendo el incuestionable derecho a la presunción de inocencia, a la vez que desdeñan medidas quirúrgicas que limpien sus organizaciones de esta lacra, o incluso tejen desde sus más altas instancias tramas que, además de enriquecer a alguno de los implicados, financian su maquinaria electoral, como sucedió en los casos Filesa y Naseiro.

Estas y otras vergüenzas de nuestra democracia son consecuencia del hecho, constatado por la experiencia histórica, de que el sistema de representación es un diseño fallido en el que habitan cómodamente las flaquezas humanas. Parte de nuestra apuesta se basa en controlar y mitigar estas debilidades inherentes al ser humano con un sistema político, la democracia directa por sorteo, cuyo diseño las tiene en cuenta y las neutraliza.

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